Hablar de Cooperativismo es hablar del país y que, a la inversa, cuando el tema de análisis es el país, sus problemas y su futuro, es inexorable referirse a la economía solidaria, de la cual las organizaciones cooperativas son columna vertebral.
Estos difíciles momentos que vive la humanidad, crece con intensidad y renovada esperanza el anhelo por multiplicar la ayuda mutua y el esfuerzo propio, dos herramientas de formidable eficacia a la hora de diseñar las soluciones urgentes para tantos padecimientos.
La batalla por una nueva cultura, por un pensamiento crítico, pasa también por tomar conciencia de que no es inevitable el destino de la decadencia y el sometimiento. Y, especialmente, que la construcción de un proyecto superador demanda de un poder capaz de hacerlo realidad y sustentarlo en el tiempo.
A lo largo de su existencia, la cooperación ha dado muestras concretas de su aptitud por aunar voluntades y orientarlas positivamente en base a un conjunto pequeño y sencillo de principios rectores: democracia, participación, educación, integración, preocupación por la comunidad, unidad en la diversidad.
La articulación de teoría y práctica al interior de las cooperativas, constituye una escuela extraordinaria para la formación de ciudadanos solidarios, con sensibilidad social y comprometidos con el bienestar común.
Las cooperativas constituyen la faz humana del desarrollo y, como tal, contribuyen a que se tengan en cuenta muchas de las cuestiones más acuciantes de la sociedad, al poner en práctica el más novedoso de los siete principios cooperativos, el interés por la comunidad. Las cooperativas tienen una responsabilidad especial a la hora de conseguir un desarrollo sostenible para sus comunidades, contribuyen a hacer que la sociedad sea más justa y más respetuosa de los valores humanos, y pueden realizar – y ya están realizando – los sueños y aspiraciones de la gente a una mejor calidad de vida.
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